



Ciaossu~!!
Kyaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa~ (〃∇〃)
No pude evitarloooooooooooo~ Se ve que el dolor de cabeza monumental que tenía era por culpa de este oneshot (? No sé, pero se me pasó xDDDD Ahora puedo dormir tranquila~Yey!
Título: Chequeo.
Fandom: Karneval.
Pairing: AkaYogi [Akari x Yogi/ Silver Yogi].
Formato: Oneshot.
Género: Romance, smut (sí, las dos cosas pueden existir en un mismo fic xD).
Rating: PG-17.
Resumen: Un chequeo mensual puede terminar en un encuentro que ni paciente ni médico podrán olvidar.
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Chequeo
– ¡Nooooo! ¡No quieroooo!
El sol se había puesto sobre la torre de investigaciones
y, como era normal una vez al mes, Yogi estaba siendo arrastrado hacia el consultorio de
Akari por Gareki y Tsukumo, seguidos por el pequeño Nai, que no
podía comprender por qué Yogi le tenía tanto temor a aquel sujeto que no hacía más
que cuidar de su salud.
– Tú no lo entiendes, Nai-chan – Respondió el rubio a su
inquietud, siendo arrastrado escaleras arriba –. Akari sensei es un demonio.
– Y ese demonio va a tenerte en observación esta noche,
Yogi – El rostro del luchador de la segunda nave de Circus se volvió pálido.
Gareki y Tsukumo lo soltaron, ocasionando que cayera al suelo estrepitosamente.
Lentamente, Yogi giró su cabeza para hallarse con la imponente presencia de
Akari –. ¿Estás listo?
Rápidamente, el aludido se escondió detrás de Nai, pero fue hecho a un lado por parte de Gareki, quien agarró al niji del brazo para alejarlo de él.
– Ya deja de actuar como un niño – Lo regañó –. Das vergüenza. Nai, que debería ser el que le tenga más miedo a Akari, parece estar
feliz cada vez que viene a la torre de investigaciones.
– Eso debe ser… po… po… po… ¡porque Nai-chan es un
masoquista! ¡Eso es! – Vociferó el rubio, sollozando, señalando al niji.
– En realidad… Es porque me da un dulce al final de cada
chequeo – Reconoció el aludido, con una amplia sonrisa en el rostro.
– Akari sensei,
se lo encargo – Dijo Tsukumo, dedicándole una reverencia al mayor, siendo
imitada rápidamente por Gareki y Nai, antes de salir corriendo del lugar, para
evitar que Yogi fuera tras ellos.
– Esperen… No me dejen – Masculló el rubio, extendiendo
su mano a las tres personas que prácticamente ya no estaban en aquel mismo
pasillo que él.
– Vamos – Ordenó Akari, dándole la espalda y dirigiendo
sus pasos a su consultorio personal.
– «Duraznos…», olió Yogi,
al entrar al consultorio. El aroma era el mismo que había inundado sus sentidos
el mes pasado, el anterior a ese, y los anteriores a ese, desde que
había llegado a Circus. Aunque no quisiera admitirlo, ese aroma le agradaba.
– Recuéstate en la camilla – Le ordenó Akari, acercándose
a un estante con medicinas que no eran de total conocimiento para su paciente.
Yogi se acostó en la camilla al otro lado de la cortina.
Era una camilla hecha solo para él, solo para esas visitas mensuales. Por razones
de seguridad, las únicas personas en el lugar eran ellos dos. Si algo llegaba a
suceder, tanto Hirato como Tsukitachi estaban con cuatro ojos sobre el lugar
para resguardar la vida tanto de Akari como la del mismo Yogi.
Al ver acercarse al médico, el ocupante de la segunda
nave se sentó y se quitó la remera, acostándose de nuevo para que el mayor
apoyara una decena de ventosas sobre su cuerpo. Se estremeció,
mordiéndose el labio inferior.
– Están frías – Se quejó, en voz baja.
– Siempre lo están – Dijo Akari, sentado a su lado,
mientras sus manos y ojos prestaban total atención a los aparatos que estaba
encendiendo –. Y siempre te quejas por ello.
– Lo sé, jeje. Nunca voy a acostumbrarme a ellas –
Reconoció el rubio. Akari volvió su vista a él para percatarse de una cicatriz
al costado izquierdo de su cuerpo. Pasó apenas sus dedos sobre la misma,
generando una melodiosa risa en su dueño –. Me hace cosquillas…
– ¿Y eso?
– Ahh… “Heridas de
guerra”.
– ¿Es nueva?
– No es nada para preocuparse.
– Ya veo – Akari volvió sus ojos a los aparatos que
estaban frente suyo.
– ¿Usted no tiene cicatrices, sensei?
– No – Yogi se lo quedó mirando. Segundos más tarde,
dirigió su vista a la luz encima de su cabeza. Del mismo modo en que aquel lugar
siempre olía a duraznos, siempre terminaba dormido en medio del chequeo. Nunca
podía mantener una conversación con Akari por más de cinco minutos. Se
preguntaba por qué, del mismo modo que se preguntaba de qué debería hablarle
para extender la charla, al menos cinco minutos más –. ¿El parche?
– ¿Mh? – Preguntó Yogi, mirándolo.
– ¿Tuvo resultados positivos?
– Sí – Sonrió Yogi –. Aunque a veces siento como si no lo
tuviera y empiezo a entrar en pánico – Reconoció, suspirando.
– Quizás debamos darle algún otro tipo de textura.
No sólo no tenía un tema de conversación con aquel sujeto
que formaba parte de su vida casi en igual medida que Nai o Tsukumo, sino que,
no podía seguirlo.
– Sensei, ¿yo
le gusto?
La mirada de sorpresa de Akari se chocó con la expresión
de tristeza en el rostro de Yogi.
– ¿A qué viene eso?
– Es que… Nunca podemos hablar. Es decir… Siempre termino
dormido – Terminó de expresar, considerables segundos más tarde.
– Eso es porque llegas exhausto de las peleas y te
duermes aquí. No tiene nada de malo.
– ¿No le molesta que me duerma en medio del chequeo?
– No. Eres más
lindo cuando estás callado.
– Sabía que iba a decir algo así – Masculló el rubio,
generando la sonrisa en el mayor, quien se incorporó apenas para agarrar una
planilla –. ¿Usted dónde duerme?
– En el sillón – Respondió el aludido, mirando la
planilla y los números que le mostraba el aparato que estaba frente suyo.
– ¿No quiere dormir esta noche conmigo?
– ¿Qué me estás proponiendo?
– ¿Eh…? ¡Nada! ¡No! ¡Nada! – Exclamó el aludido, negando
con sus manos.
– Quédate quieto – Le ordenó Akari, postrándolo contra la
camilla, agarrándolo del hombro. Yogi se quedó inmóvil al sentir el contacto de
la mano del mayor sobre su cuerpo. Se detuvo a mirarla. Era grande. Estaba casi
seguro de que era más grande que la suya. Lenta, casi sigilosamente, levantó su
mano para apoyarla sobre la del doctor. La mirada del hombre se posó escasos
segundos sobre las acciones del rubio. Podía ver la curiosidad pura emanando de
su brillante mirada, por lo que volvió a sus labores.
– Es grande – Concluyó Yogi, sintiendo el tacto del dorso
de la mano de Akari sobre las yemas de sus dedos –. Y está fría.
– Por supuesto. Estamos en otoño – Dijo el doctor,
volviendo su vista al rubio al sentir cómo poco a poco su mano empezaba a levantar
temperatura. Estaba siendo envuelta por las manos de Yogi, las cuales estaban
apoyadas sobre el pecho del menor. Sus ojos estaban cerrados, como si aquel
contacto le trajera paz. Súbitamente, sin saber el motivo, se acercó a él hasta
llegar a sus labios, los cuales besó dulcemente, ocasionando que Yogi abriera los
ojos de par en par –. Tu corazón… está latiendo con fuerza – Musitó Akari, con los ojos
cerrados.
– Ahhhh… Es que… no me esperaba… esto – Reconoció Yogi,
sonrojado, con una sonrisa nerviosa.
– Estás rojo – Dijo el médico, apoyando sobre una de las
mejillas del menor, la parte trasera del lápiz que tenía en su mano.
– Es normal, ¿no? – Bufó el rubio –. Cuando a uno lo
besan…
– Eres un niño después de todo – El médico sacó su mano
de entre las de Yogi y se levantó de la camilla para apoyar la planilla sobre
la pequeña mesa rectangular al lado del aparato que estaba tomando datos de quién
sabe qué cosa en el cuerpo del menor.
– ¡Claro que no! – Exclamó el aludido.
– Como tú digas.
– ¡¿Por qué siempre es así?! – Akari lo miró –. ¡¿Por qué
siempre quiere terminar las conversaciones que mantenemos?! ¡¿Tanto así le
desagrado?!
– Yo no he dicho eso – Respondió el mayor con tranquilidad.
– ¡Entonces, ¿por qué?! ¿Por qué no puede charlar conmigo
acerca de las compras que hicimos con Nai-chan, de los nuevos actos que voy a
hacer con Nyanperowna…? – Sollozó –. ¿Por qué?
Un beso.
Y de nuevo sentía su cuerpo estremecerse. Cerró los ojos,
sintiendo las manos de Akari secando cada una de las lágrimas que buscaban
escaparse de sus ojos.
– Porque no sería bueno para ninguno… que te retuviera
conmigo para siempre – Le susurró, volviendo a besarlo, poniendo más pasión en el
mismo.
De un golpe, las ventosas sobre el cuerpo de Yogi, desaparecieron,
y de una patada, aquel aparato que debía examinar al rubio, estaba apagado. Las
manos del menor, lentamente subieron hasta encontrarse entre los suaves
cabellos del doctor.
– Sensei –
Gimió, sintiendo las frías yemas de Akari, recorriendo su torso desnudo,
haciéndole cosquillas.
– ¿Todavía tienes frío? – Le preguntó, dedicándole una
mirada de reojo. Yogi negó con la cabeza.
– No. Pero las yemas de sensei me hacen cosquillas – Sonrió el rubio, sintiendo un
cosquilleo en sus mejillas.
– De nuevo estás rojo, tonto – Dijo el mayor, mordiendo
una de las mejillas de su paciente. Yogi sonrió, siendo recostado sobre la
cama, acomodándose Akari a horcajadas suyo.
Quería besarlo, recorrer su cuerpo con las yemas de sus
dedos y hacerlo estremecer del mismo modo en que lo había hecho segundos antes
con él, pero no podía. La figura de Akari despojándose de sus prendas encima
suyo era demasiado excitante. Se mordió el labio inferior, recorriendo con la
mirada el torso desnudo del mayor para terminar recorriéndolo tímidamente con
su mano, segundos más tarde, mas la misma fue conducida por las manos del mayor hacia
dentro de su pantalón, cuya cremallera había sido bajada quién sabe cuándo. Si
por un simple beso las mejillas de Yogi habían parecido dos tomates, al sentir
la hombría de Akari, ahora parecían fuegos de artificio. Las antes
frías manos del médico, entrelazadas a la de Yogi, manejaban del movimientos
del menor en torno a su erección. El rubio se estremecía solo de oír los gemidos
que se escapaban de a poco de entre los labios del hombre.
– Akari… sensei
– Musitó Yogi, sin poder despegar su
vista del rostro del mayor.
– Hazlo… tú – Jadeó Akari, tragando saliva.
Yogi asintió con la cabeza, siendo él ahora el que poseía
total control de movimiento sobre el miembro de Akari. Los gemidos del mayor
entraban sin restricciones a sus oídos, sin miedo alguno a que alguien los
oyera. Estaba tan concentrado en aquella excitante labor que no se había
percatado de que ahora era él quien estaba siendo tocado por unas manos que
ahora estaban mucho más calientes que las suyas propias.
– A… Akari… sensei…
No… No haga eso – Masculló Yogi, negando con la cabeza a la opresión que el mayor
hacía sobre su glande, haciéndolo estremecer.
– Me pregunto si ya… estarás listo – Dijo el doctor,
volviendo a presionar el punto más sensible de su paciente con el dedo pulgar,
haciéndolo lanzar un gemido ahogado. Sonrió, satisfecho por lo que había
generado en el menor. Se incorporó, alejándose de él –. Date la vuelta.
– ¿Ehhhhh?
– Que te des la vuelta, dije – Ordenó el mayor. El aludido,
quejas por medio, le dio la espalda, acostándose boca abajo sobre la camilla –.
Levanta la pelvis.
– ¡Me va a doler!
– Si te callaras, no te va a doler.
– ¡No tiene nada que ver una cosa con la otra! – Sollozó el
rubio.
– Sí eres un niño después de todo – Suspiró el mayor, incorporándose
detrás de Yogi. El rubio pudo sentir una oleada de calor cuando Akari acarició
su espina dorsal desde la nuca hasta el coxis, sin poder evitar gemir ante
aquella caricia –. Ah, ¿quién te entiende? – Susurró, introduciendo un dedo en el
interior del cuerpo del menor.
– Está… ¡Está frío! – Se quejó Yogi.
– Claro que está frío. ¿Acaso quieres que cargue con el trauma
de tu primera vez por el resto de mis días? Estoy usando un lubricante,
estúpido.
– Ah… Ahhhh… Después de todo… No es tan malo… conmigo –
Reconoció el rubio, entre gemidos.
– Si te portas bien, quizás te dé el mejor de los tratos
– Susurró, acercándose a su oído para morderlo, ocasionando que Yogi, ahogara
sus gemidos sobre la almohada que estaba abrazando debajo de su cabeza. El rubio
lanzó un quejido, sintiendo un segundo dedo en su interior, moviéndose en forma
circular. Akari pudo divisar algo pequeño cayendo al suelo, al mismo tiempo que
el cabello de Yogi poco a poco fue adoptando un color plateado.
– No siento nada…, sensei
– Dijo Yogi, ocasionando que su oyente frunciera el ceño –. Creo que ya estoy
listo.
– ¿Y si no lo estás? – Preguntó Akari, moviendo
frenéticamente sus dedos en el cuerpo del menor.
– Bueno… Ahhh… No seré yo el que lo lamentará mañana –
Sonrió Yogi, mirándolo de reojo, lascivamente. El médico sacó sus dedos del
interior del menor, siendo observado por él. El muchacho se mordió el labio inferior
al sentir la punta de la erección de Akari apoyándose sobre su entrada. Tiritó
de placer de tan solo imaginar lo que acontecería. Lentamente, el médico
penetró a su paciente, obligándolo a lanzar al aire ahogados gemidos de placer
–. Ahh…. Mhhh… Akari… Mhhh…
Yogi mantuvo su cabeza apoyada sobre la almohada,
intentando mirar al menos de reojo a Akari, pero no lo lograba. No podía
describir lo que estaba sintiendo en aquel momento. Era una mezcla de dolor
punzante y de placer absoluto. Aunque empezó oyendo tan solo sus propios
gemidos, al poco tiempo, se le unieron los de Akari, quien seguía masturbándolo
al mismo ritmo que sus embestidas. El menor se incorporó apenas para agarrarse
de la cabecera de la cama. Sosteniéndose de la misma, empezó a mover sus caderas
en sentido contrario a las embestidas de Akari. Yogi sintió que la camilla
estaba a punto de romperse cuando, lejos de importarle cómo quedaría su cuerpo,
se movía frenéticamente hacia atrás y hacia adelante, gritando por la
excitación de aquel acto. Al mismo tiempo, quizás con miedo a caerse, se aferró
lo más que pudo a la cabecera, hundiendo su cabeza entre sus brazos.
– Ahhh… Qué placer… Esto es… como si estuviera tocando el
cielo con las manos – Gimió, abriendo la palma de su mano en dirección al
techo.
– No te creas… ahh… tanto – Dijo Akari, sin detener sus
embestidas.
– Akari… Ahh… ¿Siempre me quisiste tener así? Ahhh…
– Así… ¿Cómo…?
– Como me… tienes ahora… Ahhhh… Más… Más – Pidió, gimiendo.
– A ti no pienso… responderte eso – Dijo el mayor, hundiendo
su erección hasta el fondo del cuerpo de Yogi.
– Ahh… Cierto que te gusta mi yo rubio – Rió –. M… Me
pregunto… cómo reaccionará mañana… cuando no pueda levantarse… Ahhh… De la cama…
– Le diré que… ¡Mhh…! Fue tu culpa…
Sintiendo que estaba llegando a su clímax, el médico salió del interior de Yogi, culminando sobre
su propia mano.
– Ahh… Hubiera querido que… se descargara dentro – Se
quejó el menor, inflando las mejillas.
– Dije que no iba a traumarte… la primera vez.
– Bueno, pero aún tenemos que hacer algo con esto – Dijo
Yogi, dándose vuelta rápidamente y sentándose, para enseñarle al mayor su
erección.
– Lo siento, pero a ti no pienso hacerte nada – Le
advirtió el médico, extendiendo su brazo derecho para agarrar un parche de los
varios que habían sobre la mesa, pegándolo luego sobre la mejilla izquierda del
muchacho.
– Malo – El muchacho volvió a inflar las mejillas,
hundiéndose en un profundo sueño. Al despertar, sin saber exactamente qué había
ocurrido o cuándo había caído dormido, el ahora rubio Yogi se encontraba
sentado sobre la camilla. Cuando sus sentidos volvieron en sí, deseó no haberlo
hecho. Al bajar la vista, se halló con Akari succionando su hombría,
volviéndolo loco –. Se… sensei – El aludido le dedicó una rápida mirada, elevando
su mano izquierda para acariciar la mejilla del menor. Yogi sonrió por aquel
tierno acto, agarrando aquella mano para besarla con dulzura –… ¡Ngh! Akari sensei… Yo…
El aludido, alertado por el menor, apresuró sus
movimientos sobre su erección, culminando Yogi, segundos más tarde.
El sol de la mañana y el sonido de los pájaros lo despertaron.
Estuvo reacio a abrir los ojos, al principio, pero terminó haciéndolo al sentir
una leve presión sobre su cintura. Sonrió. Al lado suyo, Akari
dormía plácidamente. Se incorporó lentamente evitando cualquier sonido que
interrumpiera el sueño del mayor, pero apenas se sentó en la camilla, sintió
que le dolía desde la primer hebra de cabello hasta el dedo meñique del pie. Al
intentar levantarse, cayó estrepitosamente al suelo, ocasionando que Akari se
despertara y se sentara en la camilla para mirarlo.
– ¡No quiero volver más a este lugar! – Empezó a sollozar
Yogi, generando la sonrisa en Akari.
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